Taxi, por favor.

Nunca fue como que nos quisiésemos esperar.
Las palabras a veces sobraban porque aunque fueran lo suficientemente claras u oíbles, nunca habían oyentes para ellas. Por el contrario, todas se diluían en el espacio o en los pensamientos. Unas que otras quedaron flotando como simples recuerdos o Post its que se refundieron entre tanto trajín de las mudanzas. 
La añoranza de avanzar nunca daba espera, siempre había algo nuevo, el estudio, el trabajo, las obligaciones con el mantenimiento del hogar y la comida. Habían días donde él se dejaba llevar como borrego a matadero a donde fuese posible, pero habían otros donde imponía sus deseos por encima de todo. En mi caso, siempre iba corriendo. Recuerdo ese 10 de marzo, estaba lloviendo en la que entonces era nuestra ciudad, yo sólo anhelaba verlo, y aunque los transeúntes del lugar me impedían el paso, yo logré escabullirme entre las miradas de quienes me conocían. Llegué al punto de encuentro (el de siempre) y esta vez él tomaba té de manzanilla, (de ese mismo que yo solía prepararle todas las mañanas), lo dejó en la mesa y me besó. 
 Alguna extrañeza me hacía pensar que esa iba a ser la última noche junto a él, las botas encharcadas, mi ropa desgastada y sobretodo los pocos ánimos que le veía entre el ceño. Era eso, miedo o la seguridad de que era esa, nuestra última vez. 
Corría siempre, con temor a perderlo, a perder el camino, pero esa vez me sentía segura, sabía que estaba haciendo lo correcto y después de haber tenido el más mágico 9 de marzo no podía negarme a volverme a ver. Todos los fanfarrones que nos habían acompañado a lo largo de nuestros encuentros finalmente habían desaparecido y todas esas ganas y el deseo de habían ido juntamente con ellos. Solo quedaba una cosa más... 

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