Perfección


   No es que lo fuera completamente,  ella siempre caminaba con los ojos en las nubes y el cielo, a veces tropezaba pero solía levantarse en los días de esplendor. Siempre encontraba ramos en el suelo, blancos, ajenos, delicados y fugaces que la llenaban de gozo. Algunos días salía a correr cuando se cansaba de la rutina, en esos días donde corría avanzaba más que aquellos donde había permanecido quieta. 
   Uno de esos días salió sin miedo a nada y se topó con un parche negro y oscuro. Era un hueco negro dentro del espacio, donde cayó profundamente y se perdió. Habían muchos pasantes, algunos le regalaban perfumes aromáticos, otros linos rojos para vestirla y quien le dio una verdadera excepción de regalos un día la marcó para siempre. Pero no se quedó ahí, logró salir de la interminable encrucijada y de la trampa que le tendieron. Su cuerpo estaba herido, su alma se había corroído de angustia y su voz había quedado en un estacionamiento vacío donde gritó desesperadamente y nadie la escuchó. Cuando logró salir tenía un hueco negro igual a donde había caído pero esta vez tatuado en sus adentros, el llanto y los gritos nocturnos se prolongaban al correr el tiempo.
   Pasaron días y años y cada vez se volvía más insoportable llevar la carga de no haber hecho algo más. Se lamentaba de no haber reaccionado, odiaba cada milímetro de su ser cada vez más y a medida que pasaban los meses sus ansias de suicidio volvían a rondar en su cabeza para exterminar el dolor o lo incomprensible. 

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