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Cada día se convierte en una secuencia agresiva. Lo absorbido se disolvió en llamas ardientes. Cuando iba caminando hacia el punto de partida pasaron demasiados trenes y el viento que se movía me empujaba hacia los lados. Era tan pesado que penetraba la ropa que llevaba puesta y sentía como cada parte de mi cuerpo se estremecía. Mi piel se erizó, y me sentía desnuda ante la muchedumbre. Todos señalaban, miraban, se percataban de que algo había pasado. Está vez no habían culpables, solo lamentos, todo había dejado de ser y la luna había desaparecido, las noches eran oscuras, los días invisibles. Por otro lado estaban los quienes, que me atormentaban con su silencio, ya no eran mis lamentos sino las súplicas yéndose por un hueco vacío y profundo.  El desencanto, la esperanza, todo se había salido de control una vez más. Pero ya no había tiempo, el remedio se había agotado y las manos habían perdido la fuerza que tenían antes para levantar. 

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