De lo sensorial

Esa mañana desperté, tenía los pies temblorosos. 

En mis adentros había un abismo de inexplicables sensaciones. Abrí los ojos, y vi una luz blanca que me retumbaba en el pecho, no había nadie. Éramos yo y mi conciencia, mi corazón delator comenzó a hacer un recuento de historias infelices donde habían huecos, personas caminando, sombras grises que se diluían entre neblina espesa y un último ser cercando un establo y caminando hacia el campo. Escuché la perilla de una puerta sonar, cerré los ojos y comencé a meterme en las constelaciones que estaban en mi interior, era el vacío, tan espeso e ilusorio. Había más por dentro de lo que yo pudiese imaginar. Deslicé mi pierna izquierda sobre la derecha y el contacto de estas dos hacían que mi vientre se sintiera en paz. De fondo tenía una canción que volvía a revolverme las entrañas, todo era Plácido y las sabanas a penas cubrían mi piel mientras yo merodeaba entre mis piernas. El estallido cayó mientras me apresuré a abrir la puerta. Caminé hacia la entrada y ahí estaba él, cubierto de temores, sonriendo. Le permití que pasara, me agarró el rostro y me dijo que le besara, me negué. Era eso, o seguía soñando. 

Cuando abrí los ojos vi que seguía ahí, ya no visible, pero sí en mis adentros suplicando al cielo que no lo dejara en el olvido. Que recordara aquellos días en donde no habían sábanas y solo éramos dos seres andando por las calles frías de Bogotá, noches oscuras y caminos interminables. Un día de esos fue cuando lo vi venir, traía una capota y un pantalón azul, me dijo que le esperara donde siempre serían nuestros encuentros y mientras salía de mi casa me miraba, llevaba unos zapatos beige abiertos, pantalón negro, camiseta negra, una blusa de Jean y un bolso café sostenido por mis manos sudorosas con el alma distorsionándose. Miré su rostro y sonreí. El lanzó un beso y caminamos mientras consideraba la propuesta, reía y habían comentarios sueltos. Ese día estábamos seguros, veíamos el cielo caer en medio de nosotros, era precipitado, hasta la música era perfecta, yo solo cerré mis ojos y le vi empastado como nunca. La luz azul entraba por la ventana del tren al lado izquierdo de mi cuerpo y en una mesa puse aquel bolso amarillo. Habían dientes de león por todos lados. En el suelo, en el techo y en las sábanas también.

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