Los santos que se van.

Un alma pura y noble disfrazada de engaño y dolor. Suplantado fue su árbol de dulzura por amargura, y esa ciudad pobre y desolada que la vio crecer nunca volvió a verla otra vez. Sus guías y estandartes ya se habían ido para cuando ella quería retornar.
El camino oscuro e imborrable de una mente por el pasar de los años, trajinada de vivencias que otros nunca escucharon, las manos encogidas y los dedos torcidos como el símbolo de penuria que la acompañaron, su rostro embravecido y las líneas de expresión que mostraba, era solo ese el relato que no se oía por otros lugares. La voz temblorosa y las oraciones entre susurros, sus trajes grises y esa voz melodiosa que algunos conservaron.
El destino no conocido, todo entre líneas, cuadros, cilantro en botellas plásticas llenas de agua, unas paredes construidas por tejas, catres y ese olor hogareño y helado del sur de Bogotá un día de septiembre del año 2001, todo olvidado por la ciudad reconstruida y esa alma olvidada. Descanse en Paz S.L.

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