Dolor de cabeza.

Esa prisa angustiosa del pasar, el cansancio repentino, los ojos que se ven forzados a abrirse porque la conciencia lo exige. La sórdida pena de añorar estar en otros tiempos, la incertidumbre del porvenir.
Ojos pálidos, pieles grisáceas, caras sonrientes, dementes precipitándose a abismales encuentros con la fatalidad. Insensatos cobardes sulfurados huyendo del bien, carcajadas en medio de un velorio.
Ignorantes, esos somos todos, viles pedazos de nada. Repentina y súbitamente nos erguimos para luego desmoronarnos de manera lenta y en escenarios públicos. Mofa venidera y resguardos inútiles o desesperanzados. Volátiles encuentros con un pasado irreal que coexiste dentro de lo que se tenía como abnegación.  Estómagos revueltos en medio de la multitud. Risas burdas y llantos que nadie escuchó. Lamentos póstumos y flores no recibidas. Regalos inexistentes. Esquemas forzados acompañados de aires espesos y una niña cantando en el zaguán.

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